martes, 29 de abril de 2014

III

Himno a la Gloria
Ibrahim sorbía los puñales del sol con sus curtidas pieles. En lo profundo de su corazón, entonó el Himno al Astro Rey, que había aprendido en sus días y noches de contemplación de manuscritos y demás vestigios bibliográficos.
Rey que marcas la cosecha, el crepúsculo y el ocaso de cuantas civilizaciones habrán desfilado en esta efímera esfera, sucumbo ante tu valía. Majestad que contemplaste el paso del hombre, desde un patético y lastimero mamífero rastrero hasta ser el numen de todo cuanto existe.
Si bien el ismaelita llevaba por nombre aquel del patriarca de las tres religiones monoteístas más importantes, sentía una profunda reverancia ante las deidades del firmamento. ¡Y quién más que el Mismísimo Astro Rey! El que señala la Vida y la Muerte. El separador de lo Onírico de la Vigilia. El coito incesante entre la consciencia y la inconsciencia.
Pagano siempre seré. Aldeano, infiel, apóstata. Me sostengo en miles de dioses. Ellos sí existen. La luminaria de los aires que es el sol. El ropaje nuestro que son los cielos. Los vientos que penetran en nuestras carnes. El líquido que parece desafiar al infinito. El fuego que espanta la muerte. Toda materia es divina porque existe.
El iraquí entonces recordó la conversación reciente con el enigmático individuo apodado Hazel.
¿Buscas a Marduk? Lo hallarás en lo más recóndito de tu pasado.


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