Himno a la Gloria
Ibrahim
sorbía los puñales del sol con sus curtidas pieles. En lo profundo
de su corazón, entonó el Himno al Astro Rey, que había aprendido
en sus días y noches de contemplación de manuscritos y demás
vestigios bibliográficos.
Rey
que marcas la cosecha, el crepúsculo y el ocaso de cuantas
civilizaciones habrán desfilado en esta efímera esfera, sucumbo
ante tu valía. Majestad que contemplaste el paso del hombre, desde
un patético y lastimero mamífero rastrero hasta ser el numen de
todo cuanto existe.
Si
bien el ismaelita llevaba por nombre aquel del patriarca de las tres
religiones monoteístas más importantes, sentía una
profunda reverancia ante las deidades del firmamento. ¡Y quién más
que el Mismísimo Astro Rey! El que señala la Vida y la Muerte. El
separador de lo Onírico de la Vigilia. El coito incesante entre la
consciencia y la inconsciencia.
Pagano
siempre seré. Aldeano, infiel, apóstata. Me sostengo en miles de
dioses. Ellos sí existen. La luminaria de los aires que es el sol.
El ropaje nuestro que son los cielos. Los vientos que penetran en
nuestras carnes. El líquido que parece desafiar al infinito. El
fuego que espanta la muerte. Toda materia es divina porque existe.
El
iraquí entonces
recordó la
conversación reciente con el enigmático individuo apodado Hazel.
¿Buscas
a Marduk? Lo hallarás en lo más recóndito de tu pasado.
Hola Norma, me gusta! Espero los próximos episodios! JC
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