Ibrahim ibn
Mahmud Al-Wajid cruzaba las áridas tierras
de lo que hoy, en este mundo -pero que
no es el nuestro- se llama Irak, la descendiente malograda del
Imperio Asirio.
Era el año 1635,
pero él no vivía en ese año. Había ido a tal fecha para encontrar
una inscripción que un pastor hurtó hace unos meses de lo que fuera
Nínive.
Esto al menos le
dijeron en el 2006...
Año 2006.
Ibrahim
tuvo una “reunión”
con un grupo selecto de personalidades, que lo habían raptado, para
evitar eufemismos-. El cabecilla de aquel
grupo se decía el “Fénix”. Lo seguían “Hazel”, el de los
ojos y cabellos imposiblemente claros, y el
“Errante”, el más incógnito de los tres.
Ibrahim había
luchado por 3 días y 2 noches en el desierto de Irak contra tales
individuos, y la contienda terminó con él sometido. Fue
enviado a una cárcel secreta, debajo de lo que parecía ser una
inmensa corporación tecnológica.
Ya en la celda,
recibió la visita los que fueran sus contrincantes
“¿Por qué
destruyes el pasado?” le preguntó el Fénix, sin mover los labios.
“Para que la
humanidad no tenga memoria y deba empezar de nuevo” lo
dijo de la misma manera el iraquí. “Esto es ilegal, no pueden
apresar a nadie porque sí”.
“Lo es así
mismo destruir museos y restos arqueológicos” profirió, sin
palabras, Hazel.
“¿Qué quieren
de mí?”
“Queremos saber
quién eres. Si determinamos que no eres una amenaza, saldrás. Si lo
eres, te enfrentarás a uno de nosotros a muerte” contestó el
Fénix.
Ibrahim se aferró
a los barrotes, y por primera vez, hizo sentir su voz, pero ya en
árabe, su única lengua:
“Malditos
invasores. Ustedes dicen traer la paz, hipócritas. No saben lo que
hacen”
El Errante se
acercó a él, y le habló en su idioma, para el asombro de todos:
“Nosotros no
invadimos. No somos del Imperio Chino. Simplemente queremos saber por
qué modificas el tiempo y por qué destruyes ciudades antiguas”
El Imperio Chino
es el dominante en aquel mundo y tiempo, con un área de influencia
que se extiende desde Rusia y Medio Oriente hasta Norteamérica, con
la sola excepción de Europa, unificada en un Estado.
El iraquí
respondió: “Quiero encontrar a Marduk, patriarca de los dragones”.
Esas palabras
alertaron a Hazel, quien pidió un momento a solas con el prisionero.
El joven ingresó a la celda y tomó asiento ante el cautivo.
“Estoy
reformando la historia para encontrar a Marduk, para tener una
palabra con él. Quiero saber por qué él, siendo un
dios, nos abandonó y abandonó a sus demás criaturas, los reptiles.”
Hazel, entonces,
asido de la información portátil que pudo disponer, le dijo dónde
y cuándo buscar, el último mensaje de Marduk.
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