jueves, 17 de abril de 2014

I

Lara Herschen sorbaba su café una mañana acostumbrada, en el mismo café de todos los días. Espresso con croissants. Ambiente rústico y agradable, hombres conversando acerca de política y mujeres cotilleando sobre los últimos espectáculos amorosos de los famosos de aquel entonces.
Corría el año 1984, el mismo que Orwell había vaticinado como la cúspide de una dictadura totalitaria a plena luz, ejercido por un mítico Gran Hermano. Si bien, el escenario es completamente diferente, 1984 sí se cumplió aunque en su médula.
Ella sabía que corría hacia tiempos imposibles, hacia una catástrofe mayúscula con una lenta oscuridad que se cernía año a año, en su visión. Escribía en una servilleta, con su pluma azul de excesiva tinta. Escribió el código.
P H O E N I X. Allí, al instante, el respondió. “Cuando abandones tu desayuno, camina dos cuadras a la derecha y ve al local que está a tu izquierda”. Sus palabras eran susurros en su mente, acaso una enfermedad que se hubo instalado en su cabeza. O quizás era una sed de fantasía, una infancia jamás superada. Pero prefería vivir con la ilusión de este amigo imaginario, a seguir encadenada a la rutina y a las obligaciones enajenantes del mundo.
Lara pagó la cuenta, y siguió las instrucciones del extraño ser fabuloso sin rostro y sin voz. Se vio parada ante una revistería, pequeña, plagada de textos indeseables y viejos. Allí todos los días, un señor de protuberante estómago y anteojos exorbitantes aguardaba pasivamente, ante los remanentes ya pútridos de lo que fueron saludables árboles y ahora son yacimiento de olvidos.
¿Busca algo en especial, Señorita?
No, no sé lo que busco. Sólo pasaba.
Éstos están en oferta – señaló con su bastón – los he escrito yo mismo, en mi máquina de escribir.
Un pilar de hojas tamaño carta, cosidas. Las hojas exhibían palabras zarrapastrosamente tipeadas, con numerosas correcciones y apuntes hechos a mano.
Pero el viejo era muy amable, conversador, pero eternamente solitario. Todos sabían que desde hace décadas se apostaba en ese mismo lugar, aguardando la clientela siempre escasa. Mas nadie sabía cómo subsistía ese espacio, siempre en desorden, siempre acumulando todo rastro visible de los años. No tenía nombre, sólo apellido. Mok.
La joven agarró el remedo de libro, abonó unas monedas, y se retiró.
Mientras caminaba, abrió la primera hoja:
Los niños del alba.

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