Lara Herschen
sorbaba su café una mañana acostumbrada, en el mismo café de todos
los días. Espresso con croissants. Ambiente rústico y agradable,
hombres conversando acerca de política y mujeres cotilleando sobre
los últimos espectáculos amorosos de los famosos de aquel entonces.
Corría el año
1984, el mismo que Orwell había vaticinado como la cúspide de una
dictadura totalitaria a plena luz, ejercido por un mítico Gran
Hermano. Si bien, el escenario es completamente diferente, 1984 sí
se cumplió aunque en su médula.
Ella sabía que
corría hacia tiempos imposibles, hacia una catástrofe mayúscula
con una lenta oscuridad que se cernía año a año, en su visión.
Escribía en una servilleta, con su pluma azul de excesiva tinta.
Escribió el código.
P H O E N I X.
Allí, al instante, el respondió. “Cuando abandones tu desayuno,
camina dos cuadras a la derecha y ve al local que está a tu
izquierda”. Sus palabras eran susurros en su mente, acaso una
enfermedad que se hubo instalado en su cabeza. O quizás era una sed
de fantasía, una infancia jamás superada. Pero prefería vivir con
la ilusión de este amigo imaginario, a seguir encadenada a la rutina
y a las obligaciones enajenantes del mundo.
Lara pagó la
cuenta, y siguió las instrucciones del extraño ser fabuloso sin
rostro y sin voz. Se vio parada ante una revistería, pequeña,
plagada de textos indeseables y viejos. Allí todos los días, un
señor de protuberante estómago y anteojos exorbitantes aguardaba
pasivamente, ante los remanentes ya pútridos de lo que fueron
saludables árboles y ahora son yacimiento de olvidos.
¿Busca algo en
especial, Señorita?
No, no sé lo que
busco. Sólo pasaba.
Éstos están en
oferta – señaló con su bastón – los he escrito yo mismo, en mi
máquina de escribir.
Un pilar de hojas
tamaño carta, cosidas. Las hojas exhibían palabras
zarrapastrosamente tipeadas, con numerosas correcciones y apuntes
hechos a mano.
Pero el viejo era
muy amable, conversador, pero eternamente
solitario. Todos sabían que desde hace décadas se apostaba en ese
mismo lugar, aguardando la clientela siempre escasa. Mas nadie sabía
cómo subsistía ese espacio, siempre en desorden, siempre acumulando
todo rastro visible de los años. No tenía nombre, sólo apellido.
Mok.
La joven agarró
el remedo de libro, abonó unas monedas, y se retiró.
Mientras
caminaba, abrió la primera hoja:
Los niños del
alba.
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