martes, 29 de abril de 2014

III

Himno a la Gloria
Ibrahim sorbía los puñales del sol con sus curtidas pieles. En lo profundo de su corazón, entonó el Himno al Astro Rey, que había aprendido en sus días y noches de contemplación de manuscritos y demás vestigios bibliográficos.
Rey que marcas la cosecha, el crepúsculo y el ocaso de cuantas civilizaciones habrán desfilado en esta efímera esfera, sucumbo ante tu valía. Majestad que contemplaste el paso del hombre, desde un patético y lastimero mamífero rastrero hasta ser el numen de todo cuanto existe.
Si bien el ismaelita llevaba por nombre aquel del patriarca de las tres religiones monoteístas más importantes, sentía una profunda reverancia ante las deidades del firmamento. ¡Y quién más que el Mismísimo Astro Rey! El que señala la Vida y la Muerte. El separador de lo Onírico de la Vigilia. El coito incesante entre la consciencia y la inconsciencia.
Pagano siempre seré. Aldeano, infiel, apóstata. Me sostengo en miles de dioses. Ellos sí existen. La luminaria de los aires que es el sol. El ropaje nuestro que son los cielos. Los vientos que penetran en nuestras carnes. El líquido que parece desafiar al infinito. El fuego que espanta la muerte. Toda materia es divina porque existe.
El iraquí entonces recordó la conversación reciente con el enigmático individuo apodado Hazel.
¿Buscas a Marduk? Lo hallarás en lo más recóndito de tu pasado.


jueves, 17 de abril de 2014

II


Ibrahim ibn Mahmud Al-Wajid cruzaba las áridas tierras de lo que hoy, en este mundo -pero que no es el nuestro- se llama Irak, la descendiente malograda del Imperio Asirio.
Era el año 1635, pero él no vivía en ese año. Había ido a tal fecha para encontrar una inscripción que un pastor hurtó hace unos meses de lo que fuera Nínive.
Esto al menos le dijeron en el 2006...

Año 2006.
Ibrahim tuvo una reunión” con un grupo selecto de personalidades, que lo habían raptado, para evitar eufemismos-. El cabecilla de aquel grupo se decía el “Fénix”. Lo seguían “Hazel”, el de los ojos y cabellos imposiblemente claros, y el “Errante”, el más incógnito de los tres.
Ibrahim había luchado por 3 días y 2 noches en el desierto de Irak contra tales individuos, y la contienda terminó con él sometido. Fue enviado a una cárcel secreta, debajo de lo que parecía ser una inmensa corporación tecnológica.
Ya en la celda, recibió la visita los que fueran sus contrincantes
¿Por qué destruyes el pasado?” le preguntó el Fénix, sin mover los labios.
Para que la humanidad no tenga memoria y deba empezar de nuevo” lo dijo de la misma manera el iraquí. “Esto es ilegal, no pueden apresar a nadie porque sí”.
Lo es así mismo destruir museos y restos arqueológicos” profirió, sin palabras, Hazel.
¿Qué quieren de mí?”
Queremos saber quién eres. Si determinamos que no eres una amenaza, saldrás. Si lo eres, te enfrentarás a uno de nosotros a muerte” contestó el Fénix.
Ibrahim se aferró a los barrotes, y por primera vez, hizo sentir su voz, pero ya en árabe, su única lengua:
Malditos invasores. Ustedes dicen traer la paz, hipócritas. No saben lo que hacen”
El Errante se acercó a él, y le habló en su idioma, para el asombro de todos:
Nosotros no invadimos. No somos del Imperio Chino. Simplemente queremos saber por qué modificas el tiempo y por qué destruyes ciudades antiguas”
El Imperio Chino es el dominante en aquel mundo y tiempo, con un área de influencia que se extiende desde Rusia y Medio Oriente hasta Norteamérica, con la sola excepción de Europa, unificada en un Estado.
El iraquí respondió: “Quiero encontrar a Marduk, patriarca de los dragones”.
Esas palabras alertaron a Hazel, quien pidió un momento a solas con el prisionero. El joven ingresó a la celda y tomó asiento ante el cautivo.
Estoy reformando la historia para encontrar a Marduk, para tener una palabra con él. Quiero saber por qué él, siendo un dios, nos abandonó y abandonó a sus demás criaturas, los reptiles.”
Hazel, entonces, asido de la información portátil que pudo disponer, le dijo dónde y cuándo buscar, el último mensaje de Marduk.

I

Lara Herschen sorbaba su café una mañana acostumbrada, en el mismo café de todos los días. Espresso con croissants. Ambiente rústico y agradable, hombres conversando acerca de política y mujeres cotilleando sobre los últimos espectáculos amorosos de los famosos de aquel entonces.
Corría el año 1984, el mismo que Orwell había vaticinado como la cúspide de una dictadura totalitaria a plena luz, ejercido por un mítico Gran Hermano. Si bien, el escenario es completamente diferente, 1984 sí se cumplió aunque en su médula.
Ella sabía que corría hacia tiempos imposibles, hacia una catástrofe mayúscula con una lenta oscuridad que se cernía año a año, en su visión. Escribía en una servilleta, con su pluma azul de excesiva tinta. Escribió el código.
P H O E N I X. Allí, al instante, el respondió. “Cuando abandones tu desayuno, camina dos cuadras a la derecha y ve al local que está a tu izquierda”. Sus palabras eran susurros en su mente, acaso una enfermedad que se hubo instalado en su cabeza. O quizás era una sed de fantasía, una infancia jamás superada. Pero prefería vivir con la ilusión de este amigo imaginario, a seguir encadenada a la rutina y a las obligaciones enajenantes del mundo.
Lara pagó la cuenta, y siguió las instrucciones del extraño ser fabuloso sin rostro y sin voz. Se vio parada ante una revistería, pequeña, plagada de textos indeseables y viejos. Allí todos los días, un señor de protuberante estómago y anteojos exorbitantes aguardaba pasivamente, ante los remanentes ya pútridos de lo que fueron saludables árboles y ahora son yacimiento de olvidos.
¿Busca algo en especial, Señorita?
No, no sé lo que busco. Sólo pasaba.
Éstos están en oferta – señaló con su bastón – los he escrito yo mismo, en mi máquina de escribir.
Un pilar de hojas tamaño carta, cosidas. Las hojas exhibían palabras zarrapastrosamente tipeadas, con numerosas correcciones y apuntes hechos a mano.
Pero el viejo era muy amable, conversador, pero eternamente solitario. Todos sabían que desde hace décadas se apostaba en ese mismo lugar, aguardando la clientela siempre escasa. Mas nadie sabía cómo subsistía ese espacio, siempre en desorden, siempre acumulando todo rastro visible de los años. No tenía nombre, sólo apellido. Mok.
La joven agarró el remedo de libro, abonó unas monedas, y se retiró.
Mientras caminaba, abrió la primera hoja:
Los niños del alba.